Sobredosis de Pokémon

Alejandro Pro

Una anécdota biográfica que se convierte en algo mucho más macabro de lo que todos pensábamos. ¡Gracias por nada, Nintendo!

Durante los últimos quince años, Pokémon tuvo un efecto poco superficial sobre mi vida. Aunque no fue una presencia constante, logró atraparme en distintos momentos con las garras de sus criaturas adorables y poderosas.

Reconozco también que tuve la edad exacta a la que apuntaban en su momento, y que, como algún otro, esperé a que un profesor local me entregara mi propia mascota. Memoricé el rap con el nombre de los 150 (en ese momento), dibujé mis propias aventuras y pasé a reconocer “gimnasio” como el edificio donde conseguir una medalla.

Era una época en la que se hablaba mucho de adicciones y de mal desempeño escolar, algo que yo intentaba mantener dentro de un rango aceptable.

Siempre recordás la primera vez...

Pero vi el comienzo de una pendiente cuando, en clase de inglés, llamé “Butterfree” a una mariposa, en lugar de “butterfly”. Era algo que debía terminar. Abandoné en gran parte mi obsesión por estas mascotas, dejando 147 como un número imperfecto en mi cartucho de Pokémon Red, y sabiendo que eventualmente miraría ese período con nostalgia, incluso si por el momento debía reorientarme hacia lo académico.

Perdí interés en la franquicia. Hubo algunos juegos que pasaron sin llamar mi atención, incluso cuando escuchaba rumores de niños que compraban cartuchos importados de Japón, antes de ser traducidos, por la desesperación. Incluso cuando me rodeaba, me atravesaba, no volvía a caer en sus llamados de sirena. Fue un período en el que encontré un refugio en la literatura, descubrí mis propios intereses románticos, me adentré en otras cosas.

La nostalgia llegó rápido. En 2005, Nintendo lanzó una remake del juego original con un nuevo nombre: Pokémon FireRed. Misma esencia, pero dibujos nuevos y más aventuras disponibles. Una buena forma de mirar hacia atrás, de entregarme a las dulces caricias de lo “retro” y de sumergirme en mi propia historia. Y fue bueno. Fue lindo. Como volver a encontrarse un viejo amigo, con los mismos chistes que hacíamos años atrás. Pero no era lo mismo.

Las misiones nuevas estaban orientadas a las criaturas que habían sido agregadas desde entonces, animales que me resultaban desconocidos e inferiores ante los originales. Había elegido ir por un camino por el que yo no estaba dispuesto a seguir. Un lindo reencuentro, pero la confirmación de que estábamos mejor separados, y por eso nos encontramos con el fin de nuestra relación, aunque fuera por un tiempo.

“…nos encontramos con el fin de nuestra
relación, aunque fuera por un tiempo…”

2011, compré mi propia DS Lite cuando ya no era una novedad. Toda una lista de juegos que me había perdido y que por fin podría disfrutar. Y justo dio la casualidad que en ese momento alguien más también se había involucrado con la misma plataforma: Pokémon White. Después de tanto tiempo, de tantos desencuentros, volvíamos a juntarnos. Tal vez, el destino. Habían pasado muchos juegos para la marca, atravesando distintos géneros, pero para mí era volver a ser un niño. Personajes tridimensionales, mascotas capaces de vestirse, combates por internet.

Celos ante quienes jugaran esto en su juventud, pero genuina felicidad por poder experimentar esto. Las 649 especies eran extrañas, pero existían ciertas semejanzas con los originales. Incluso cuando tenían nombre ridículos, sus funciones ya me resultaban familares, como si la fórmula se repitiera.

Pero, eso a un lado, lo mejor era la posibilidad de intercambiar con extraños en línea. Tantos años atrás, era algo con lo que ni siquiera soñábamos, mientras que ahora era fácil, tan anónimo como quisiéramos y accesible desde cualquier lugar. En su momento no pude completar mi colección porque el cable necesario no siempre estaba disponible. Eso ya no era un problema. Una maravilla. El regreso de la magia.

Y, sin embargo, fue allí donde estuvo la traición. Creo que me ofrecieron demasiado y no pudieron cumplir. Pokémon White permitía, una vez por día, enviar a una mascota al mundo de los sueños para poder jugar con ella desde una computadora personal. Una forma interesante de quebrar la limitación de la consola portátil. Un mecanismo divertido para conseguir mejoras y afianzar el vínculo con las criaturas.

Hubo un período en el que acostaba a mi Pokémon por las noches y lo despertaba a la mañana siguiente. Un tiempo de cariño en el que pude acariciar mis mascotas con el mouse y el teclado. Pero fue algo que perdió su novedad y no mantuvo mi interés. Existieron ocasiones en los que olvidé despertarlo, donde quedó durmiendo en mi computadora algunos días, tal vez una semana. Esto no implicaba daño; perdía mi oportunidad de aprovechar la recompensa, nada más. Hasta que Nintendo tomó la decisión.

Y siempre recordaré a Chispita...

El 20 de Mayo de 2014, la compañía japonesa clausuró los servidores destinados a juegos de DS y de Wii, no evitando que el público los siguiera jugando, pero si impidiendo que accedieran a internet. Pánico absoluto. Tenía una mascota que salvar antes de que fuera demasiado tarde. Pero fui ahí que me enteré de una noticia peor: el Pokémon Global Link y el Pokémon Dream World ya habían cerrado en Enero.

Toda criatura que todavía estuviera arropada, atrapada en el limbo, ya había dejado de existir. Enterradas de manera anónima en una fosa común. Tristeza y traición. Le fallé a algún monstruito que no logré despertar, y, más insultante, es hasta el día de hoy ni siquiera recuerdo de qué especie era.

Todos los juegos, tanto versiones anteriores como posteriores, habían perdido aquella capacidad mágica de transferir animales con extraños alrededor del mundo. El caso más indignante es el de Pokémon Black 2, lanzado a fines del 2012, lo que significa que sólo tuvo un año y medio para disfrutar en su esplendor.

Después de eso, todo perdido. Todas aquellas funciones que en su momento me resultaron tan atractivas, hoy comprendo que era una sonrisa dependiente del estado de una empresa. Triste, también, cuando volví a buscar aquel Pokémon Red de mi infancia en aquel Gameboy Pocket de mi infancia, y comprendí que las partidas guardadas funcionan con baterías. Baterías que también tienen una vida finita y limitada. 147, el número imperfecto, aquella promesa de siempre seguir intentando, ya no existe más. Es otra lección que tuve que aprender con tristeza en el corazón.

Así que no, Nintendo, no voy a estar comprando la nueva versión este año. Ya he sido lastimado suficiente. No puedo soportar otra vez la pérdida de un cariño así. “Sé feliz acariciando, vistiendo y sacando a pasear a tu nuevo mejor amigo. ¡Una mascota virtual! ¡No se enferma, no depende de vos y no sufre!” Pero yo sí sufro. Esta vez, ¿por cuánto tiempo me permitís ser feliz, Nintendo? ¿Por cuánto tiempo?

Alejandro Pro
Compuesto de Videojuegos y de Letras por partes iguales, Alejandro se concentra en las historias desde chico. Busca establecer un ambiente optimista e invitar a que todos jueguen, pero pasa la mayor parte de su tiempo distrayéndose con fotos de perritos.